Se acabaron las fiestas, el año arranca de verdad
y las agendas vuelven a llenarse.
Con ellas, las urgencias… y lo de siempre.
Nuestro cerebro no entiende de años nuevos.
No sabe que “este año sí”.
Solo funciona con dos reglas muy simples: evitar el dolor y buscar el placer.
Y eso explica muchas más cosas de las que nos gusta admitir.
Las decisiones incómodas duelen.
Revisar precios.
Cuestionar clientes.
Parar a pensar si lo que haces tiene sentido.
No apetece.
En cambio, apagar fuegos resulta más cómodo.
Sentirse imprescindible tranquiliza.
Seguir con lo urgente da una falsa sensación de avance.
Así aparece el pensamiento automático:
Ya si eso, luego.
No porque no sepas lo que tienes que hacer,
sino porque hacerlo ahora duele más que no hacerlo.
El problema es que el tiempo pasa igual.
Las decisiones importantes siguen pendientes.
Los pequeños desajustes se acumulan.
Y llega un punto en el que el dolor de no haber actuado
empieza a pesar más que el de actuar.
Entonces reaccionas.
Normalmente, tarde.
No es falta de esfuerzo.
No es falta de capacidad.
Es qué dolor y qué placer asocias a cada opción.
Cuando algo no avanza, la reacción habitual es hacer más:
más horas, más reuniones, más urgencias, más ruido.
Pero muchas veces el problema no es de acción,
sino de claridad.
No hace falta correr más rápido
si no tienes claro hacia dónde.
Por eso, antes de hablar de grandes cambios o procesos largos,
yo empiezo siempre igual: con un diagnóstico claro del negocio.
Una conversación estructurada para entender:
qué está pasando realmente,
qué decisiones se están posponiendo,
y si el bloqueo se soluciona con pequeños ajustes en semanas
o con algo más profundo.
En muchos casos, no hace falta un gran plan.
Hace falta ver bien el problema.
Este enfoque no es para negocios “en crisis total”.
Es para empresas que funcionan,
pero sienten que:
el esfuerzo no se traduce en margen,
el dueño sigue siendo el cuello de botella,
y las decisiones importantes siempre quedan para después.
Si sientes que hay decisiones relevantes que sigues dejando para luego,
parar a mirarlas con calma suele ser el primer paso correcto.
No para hacer más.
Sino para decidir mejor.

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